Doce lecciones

doce lecciones

 

Se termina el 2015, y aún siento el vértigo de todo lo que vivimos en este año que, sin temor a equivocarme, fue uno de los más importantes en nuestra vida en Canadá. Aunque quisiera contarles los detalles de todo lo que nos pasó, algunos eventos fueron demasiado personales y prefiero mantenerlos así… Sin embargo, lo que sí puedo hacer es compartirles la lección que cada uno me dejó, por cada mes del año:

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Cómo elegir tu proveedor de telefonía móvil en Canadá

Le pedí a mi esposo que escribiera para el blog algunos artículos sobre esos temas en los que los hombres se creen son expertos (tecnología y carros, por ejemplo…).  Aquí su primera entrega, donde nos cuenta acerca de cómo fue que analizó, comparó y decidió cual era el plan de telefonía móvil que más nos convenía al llegar. Gracias a su trabajo de hormiguita, este paso nos sirvió para iniciar de la mejor manera nuestra nueva vida en un país donde estar conectados y comunicados es la norma. 

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Agradecida

cerezoybanderaMis papás regresaron a Venezuela después de 6 semanas de visita. Como se podrán imaginar, la despedida no fué nada fácil.

Además de una casa que se sentía muy vacía, nos tocó manejar nuestra tristeza y la de nuestra hija, que lloró mucho por la partida de sus abuelitos. En esos momentos uno piensa si pudieran quedarse a vivir aquí. Pero hay que aceptar la realidad de que (por ahora) eso no va ocurrir, simplemente porque ellos tienen su hogar allá. Otros hijos y otros nietos, un trabajo, una casa, ocupaciones, amistades, su propia rutina. Así que, sin darle más vueltas, nos toca volver a la nuestra.

Pero más allá de la nostalgia, lo que siento es un agradecimiento profundo a Papá Dios por haber escuchado mis oraciones. Después de enterarme hace unos meses de que Air Canada se iba de Venezuela, dejando a mis papás con un par de boletos inútiles y el viaje en suspenso, recé mucho con demasiado.  Ahora puedo agradecer que finalmente pudieran venir, que los recursos aparecieron y que tuvieron un viaje excelente de principio a fin. Agradezco por ese tiempo que estuvieron con nosotros y estoy conforme porque sé que lo vivimos al máximo, exprimimos cada segundo y nos queda el recuerdo, unas 1500 fotos y varios kilos de más (porque la comida de mi mamá es lo máximo).

Para ellos  fué la primera oportunidad de conocer un país de primer mundo. Mi papá se lamentó de no haber hecho antes un viaje como este, para enterarse de todo lo que hay más allá de las fronteras y del montón de oportunidades que existen. Quedó convencido de que si muchos de los jóvenes de mi país supieran que hoy otras realidades, ademas de la venezolana, sería suficiente motivación para contrastar y querer superarse.

Además de filosofar, mi papá también gozó comprando a sus anchas en tiendas del tamaño de un campo de fútbol y llenitas de productos. Aunque Canadá no es precisamente barato para andar de shopping, comparado con Venezuela se convirtió en el paraíso de las compras para él y su cupo cadivi. Mi mamá que le encanta la cocina, disfrutó preparando todo lo que le (y nos) provocó, aprovechando que “aquí se consigue de todo”. No extrañó ningún ingrediente para sus platos venezolanos, si acaso, el ají dulce.

Agradecí poder llevarlos a tantos lugares, sintiéndome una turista más con ellos. Agradecí que estuvieran conmigo en mi cumpleaños, que compartieran con mis amigos y viceversa. Que Fer y yo pudiéramos tener un par de date nights porque teníamos a los niñeros en casa. Agradecí ver a mis padres felices, deleitándose con Canadá, con nuestra vida aquí, con nuestros logros. Agradecí escuchar de ellos su aprobación y también sus oportunos consejos. Agradecí que por mes y medio, fueran parte de nuestro día a día.

Gracias a estas visitas de nuestra familia cercana, ahora siento aún más que este es mi hogar.

¿Cómo es eso? Pues muy simple: mi casa y mi ciudad se cargaron de vivencias, de momentos plasmados no solo en fotogafías, sino en los rincones y en la cotidianidad. Despertar por la mañana con el olor de las arepas de mi mamá, ver a mi papá llevando a Sofía al parque a manejar su bici, ir juntos al supermercado… Paseos, anécdotas, celebraciones, apuros, lecciones. Alegrías y tristezas.

De todo eso se trata el hogar.

Y por todo eso no puedo estar sino muy, pero muy agradecida.

Los niños emigrantes y el amor por su país

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– “Bendición mamá.”

– “Que Dios te bendiga hija….”

Así es como mi pequeña y yo nos saludamos cada tarde cuando la busco en su colegio, mientras los otros niños y papás miran con curiosidad este ritual de cariño tan nuestro. Que los hijos nos pidan la bendición puede parecer una rareza para otra culturas, pero en Venezuela es una de las costumbres más bonitas entre padres e hijos. Porque resulta que, aunque estemos lejos, seguimos haciendo familia a lo venezolano.

Haber emigrado me ha puesto a reflexionar acerca de cómo aprendemos a amar nuestro país de origen. Cuando lo dejamos para buscar otros rumbos, nos descubrimos añorando nuestra patria con un fervor que se alimenta de la nostalgia y de las diferencias que encontramos en el país que nos adopta. Como dicen por ahí: no sabemos cuanto la queremos hasta que estamos lejos.

Desde chiquitos y sin darnos cuenta, el amor por nuestra tierra se va arraigando a medida que asociamos vivencias felices con lugares y seres queridos. Los viajes a la playa con los primos, los domingos visitando a los abuelos, los cumpleaños rodeados de famila. Mis mejores recuerdos son los de las navidades, cuando poníamos juntos el arbolito, oyendo gaitas y sintiendo como la alegría de mis padres se nos contagiaba a todos en casa.

Pero al partir, dejamos atrás a la familia extendida, la escuela, los amigos… y solo quedamos mamá y papá para transmitir a nuestros hijos lo que distingue a la nacionalidad: el idioma, los símbolos patrios, la historia, las tradiciones, los valores y creencias. Nos toca incorporar los rasgos de nuestra identidad cultural en la vida cotidiana.

¿Cómo hacer esto?

A través del lenguaje… Es cierto que los niños aprenden un nuevo idioma muy rápidamente, pero del mismo modo pueden desligarse de su lengua materna si dejan de utilizarla a diario. En casa, por ejemplo tenemos la regla de “sólo español”, el cual nosotros hablamos con el pintoresco acento zuliano. Así hemos logrado que nuestra hija mantenga la fluidez al usar el vocabulario y pronunciar las palabras, sin perder ese tono coloquial que enriquece y le da un aire de cercanía a sus conversaciones por Skype o teléfono con la familia en Venezuela.

A través de la comida… De mi mamá aprendí que la venezolanidad entra por la cocina. Por eso después de emigrar, me he dedicado a recrear esos platos criollos que nos hacen sentir más cerca de nuestra tierra. En mi casa siempre preparo cachapas y mandocas, pabellón criollo, empanadas de carne mechada, plátano asado, papelón con limón… Algo tan simple como invitar a mi hija a que amasemos juntas las arepas se vuelve un acto de enseñanza que va más allá de lo culinario. Le estoy enseñando también sobre nuestra cultura.

A través de las anécdotas… a los pequeños les encanta que sus papás les cuenten historias de cuando eran niños y si esa infancia la vivimos en Venezuela, es la mejor oportunidad para hablarles de cómo jugábamos con el trompo o la perinola, al Escondido o la Candelita. Cantemos juntos “Arroz con leche” y “Aserrín-Aserrán”.  Así los recuerdos de nuestra niñez y juventud se transforman en un puente para acercar a nuestros hijos a sus raíces familiares.

A través del ejemplo… ya sabemos que ésta es la mejor manera de sembrar valores en un niño. Demostremos amor por el terruño, honrando sus símbolos, hablándoles de su bandera y del himno nacional, de sus próceres y fechas patrias. Pero sobre todo, practiquemos frente a ellos y con ellos, las mejores cualidades de nuestro gentilicio: ser alegres, solidarios, trabajadores, creyentes y apegados a los valores familiares. Esas cosas maravillosas que nos distinguen como venezolanos en cualquier parte del mundo.

Para las familias que decidimos emigrar, inculcar en los hijos el amor por el país que dejamos requiere un esfuerzo adicional. Llenar de tradición las experiencias felices en casa se vuelve más necesario que nunca, teniendo siempre presente a Venezuela a través del idioma, la cultura, los símbolos, los recuerdos y las anécdotas de nuestros años allá. Así los niños aprenderán a querer también ese lugar, o si lo conocieron, a no olvidarlo. Se seguirán identificando a medida que crecen con el país de sus padres y lo llevarán siempre y con mucho orgullo en su corazón.