Ciudadanía canadiense: Cómo preparar la aplicación

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¡Llegó el momento tan esperado!

La meta que como inmigrantes anhelábamos cumplir: convertirnos en ciudadanos canadienses.

“Dejar de ser invitados, para sentirnos como anfitriones”. Así lo dijo el Juez que presidió nuestra ceremonia de ciudadanía, a principios de este año, cuando juramos lealtad a la Reina de Inglaterra – no a una constitución o a una bandera – y nos convertimos por fin en ciudadanos del país que nos recibió, nos permitió ponernos cómodos, hacer de él nuestro hogar. Un país que también se tomó el tiempo de conocernos, ponernos a prueba y convecerse de que si nos merecíamos ser llamados “canadienses”. 

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Eso que nos une… en Navidad

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Cuando emigramos y ponemos toda esa distancia física entre nosotros y nuestras familias, llega el momento en el que sentimos la necesidad de reconectarnos.

A veces nos vamos perdiendo en la inercia del ser aceptados, de encajar. Siempre he dicho que después de llegar a nuestro destino migratorio, tenemos que comenzar casi de inmediato a construir nuestra estabilidad, un nuevo círculo de confianza, alimentar nuevas amistades, destacarnos en el trabajo y rendir en todos los aspectos de nuestras vidas.

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Nuestro año duró 4 estaciones

cuatro estaciones

 

Hace poco escuché la frase “en Canadá la vida pasa muy rápido”.  La dijo una amiga, refiriéndose al ritmo cotidiano de quienes estamos llegando a un país donde no tenemos tiempo que perder. De inmediato hay que ocuparse en construir esa estabilidad que vinimos buscando: Conseguir casa, carro, estudios y trabajo. Aprender inglés, hacer networking, obtener experiencia canadiense y referencias laborales. Crear historial de crédito y reputación profesional. Buscar gente en quien confiar y re-aprender a confiar en la gente. Convivir con las diferencias culturales y los extremos del clima. Hacer nuevos amigos y convertirlos en tu nueva familia. Y de vez en cuando, mirar alrededor y reconocer los logros de nuestra aventura migratoria…

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Volver a trabajar

volver al trabajo

 

Cuando llegamos a Canadá hace más de dos años, traíamos un plan como familia. Veníamos enfocados en establecernos en un máximo de 3 meses, encontrar vivienda y un colegio para nuestra hija. Comprar lo básico, evaluar nuestro nivel de idiomas y saber si necesitábamos hacer algún curso. Nuestro plan estaba muy claro en una cosa: mi esposo iba a buscar trabajo, mientras yo me quedaría en casa por lo menos el primer año. De alguna manera teníamos la ilusión de que a lo mejor en esta nueva vida, un solo sueldo era suficiente. Además, en ese momento, yo no estaba muy clara de lo que quería hacer en el aspecto profesional. Por mi mente hasta pasaba la idea de reinventarme y dedicarme a otra cosa que no fuera exactamente la tecnología.

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Agradecida

cerezoybanderaMis papás regresaron a Venezuela después de 6 semanas de visita. Como se podrán imaginar, la despedida no fué nada fácil.

Además de una casa que se sentía muy vacía, nos tocó manejar nuestra tristeza y la de nuestra hija, que lloró mucho por la partida de sus abuelitos. En esos momentos uno piensa si pudieran quedarse a vivir aquí. Pero hay que aceptar la realidad de que (por ahora) eso no va ocurrir, simplemente porque ellos tienen su hogar allá. Otros hijos y otros nietos, un trabajo, una casa, ocupaciones, amistades, su propia rutina. Así que, sin darle más vueltas, nos toca volver a la nuestra.

Pero más allá de la nostalgia, lo que siento es un agradecimiento profundo a Papá Dios por haber escuchado mis oraciones. Después de enterarme hace unos meses de que Air Canada se iba de Venezuela, dejando a mis papás con un par de boletos inútiles y el viaje en suspenso, recé mucho con demasiado.  Ahora puedo agradecer que finalmente pudieran venir, que los recursos aparecieron y que tuvieron un viaje excelente de principio a fin. Agradezco por ese tiempo que estuvieron con nosotros y estoy conforme porque sé que lo vivimos al máximo, exprimimos cada segundo y nos queda el recuerdo, unas 1500 fotos y varios kilos de más (porque la comida de mi mamá es lo máximo).

Para ellos  fué la primera oportunidad de conocer un país de primer mundo. Mi papá se lamentó de no haber hecho antes un viaje como este, para enterarse de todo lo que hay más allá de las fronteras y del montón de oportunidades que existen. Quedó convencido de que si muchos de los jóvenes de mi país supieran que hoy otras realidades, ademas de la venezolana, sería suficiente motivación para contrastar y querer superarse.

Además de filosofar, mi papá también gozó comprando a sus anchas en tiendas del tamaño de un campo de fútbol y llenitas de productos. Aunque Canadá no es precisamente barato para andar de shopping, comparado con Venezuela se convirtió en el paraíso de las compras para él y su cupo cadivi. Mi mamá que le encanta la cocina, disfrutó preparando todo lo que le (y nos) provocó, aprovechando que “aquí se consigue de todo”. No extrañó ningún ingrediente para sus platos venezolanos, si acaso, el ají dulce.

Agradecí poder llevarlos a tantos lugares, sintiéndome una turista más con ellos. Agradecí que estuvieran conmigo en mi cumpleaños, que compartieran con mis amigos y viceversa. Que Fer y yo pudiéramos tener un par de date nights porque teníamos a los niñeros en casa. Agradecí ver a mis padres felices, deleitándose con Canadá, con nuestra vida aquí, con nuestros logros. Agradecí escuchar de ellos su aprobación y también sus oportunos consejos. Agradecí que por mes y medio, fueran parte de nuestro día a día.

Gracias a estas visitas de nuestra familia cercana, ahora siento aún más que este es mi hogar.

¿Cómo es eso? Pues muy simple: mi casa y mi ciudad se cargaron de vivencias, de momentos plasmados no solo en fotogafías, sino en los rincones y en la cotidianidad. Despertar por la mañana con el olor de las arepas de mi mamá, ver a mi papá llevando a Sofía al parque a manejar su bici, ir juntos al supermercado… Paseos, anécdotas, celebraciones, apuros, lecciones. Alegrías y tristezas.

De todo eso se trata el hogar.

Y por todo eso no puedo estar sino muy, pero muy agradecida.